Mi problema es esa fiereza tan estúpida con la que me aferro a los sueños y a su materia.
"No voy a desistir
Aunque me digan que todo es tan iluso.
No voy a desistir
Aunque me digan que ya no hay nada más..."
- Ustedes son la pareja más caótica que he visto.
- ¿Por qué?
- Es como un choque. Generalmente en situaciones así, cuando las cosas se empiezan a salir de control, la gente dice "hasta aquí" y se despide. Pero ustedes siguen estrellándose, lío tras lío, y todavía siguen...
El karma de vivir al sur Parte de la Religión
Charly García
Me vas a hacer feliz, vas a matarme con tu forma de ser
Me vas a hacer reír, vas a matarme con tu forma de ser
Me vas a hacer feliz, vas a mostrarme ese lado inconcluso
Me vas a hacer reír, vas a mostrarme lo que no puede ser
Me vas a hacer feliz, vas a matarme con tu forma de ser
Me vas a hacer reír, vas a matarme con tu forma de ser
No voy a desistir
Aunque me digan que todo es tan iluso
No voy a desistir
Aunque me digan que ya no hay nada más
Sentir hasta resistir
El karma de vivir al sur
Sentir hasta resistir
El karma de vivir sin luz
Yo sé que un día ya no habrá perdón
Yo sé que un día no habrá confusión
Porque si confiás en mí
Todo es para siempre...
Su príncipe era un nouveau-beat circa 2012
Su príncipe era la fotografía de uno
Mientras se embadurnaba de mierda las manos
Y se ponía uno de sus vestidos.
Su príncipe había dejado fortunas
Y cortejos pre-matrimoniales con mujeres aptas
Para perseguir el abandono y los saltos que vienen con él.
Su príncipe levantaba la tarjeta de identidad
Cargada de polvo blanco
Y la acercaba a sus fosas nasales
Mientras las señoras del bar los corrían.
Su príncipe tenía unos ojos azules de lágrimas,
Una boca roja mordida por más de cien mujeres,
Un rubor desvergonzado en las mejillas
Que a la vista mojaba las enaguas de universitarias
Y algunas colegialas
Y hasta de mujeres casadas.
Su príncipe manejaba una extensa farmacopeia
A causa de uno que otro encierro en el Mario Mendoza
Recetaba cocteles para la perdición, para el olvido, para el placer
O para los tres.
Adoraba a Ginsberg y a Bob Dylan
Y repetía con saña
"I smoke marihuana every chance I get"
Recordando aquello de no tener casa
Y rodar sin dirección.
Una noche llegó Tristán a la casa de su madre. Llegó feliz, ávido, contento de amanecer al mundo. Su madre lo sintió llegar, pero quedó en silencio. Su padre no lo había percibido.
Pasaron semanas. La madre finalmente dijo al padre:
- Él vino.
El padre lo vió y mostró la sonrisa que guardaba para la ocasión de su venida. Esta vez charlaron y estuvieron alegres.
Pasó una semana. El padre no ha llegado, la madre llora. Tristán adormecido apenas siente aquel llanto, mientras ve los globos rojos perderse en el firmamento. El padre llega y tras su delirio viene la conciencia de los globos rojos. La madre de ojos hinchados no quiere moverse.
- Es necesario, dice el padre.
Caminan. La madre no ve nada más que los globos rojos, ni siente nada más que el vacío de su bolsillo.
- Espere aquí, ya vienen las enfermeras.
- No, aquí no la podemos ayudar.
- ¿Trae dinero?
- No tiene seguro. No la podemos atender.
- Acá no tratamos esas pacientes. Váyase a una clínica.
- Tiene que esperarse.
- ¿Sangrado? Espérese.
El dolor hace retorcerse a la madre. Tristán apenas se ha dado cuenta. El padre ha llorado. Ha llevado a la madre y a Tristán a la casa de su abuela. Llaman a clínicas donde el teléfono repica infinitamente. Alguien contesta por fin.
- Señora, lo que usted tiene es una amenaza de aborto, si no es que ya se ha completado. Es importante que la evalúen.
El padre vuelve a llevar a la madre de ojos vacíos a un taxi. Llegan a la clínica. La madre espera sola en medio de bebés. Bebés de todos los colores, recién nacidos, de siete meses, de dos añitos. Bebés enfermos, bebés felices con sus madres. La madre piensa en Tristán y los globos rojos, que siguen su escape. Le han dicho de nuevo que debe esperar, que hay personas más graves que Tristán desvaneciéndose en el firmamento.
Tres horas. La madre sufre. El padre la lleva a otro hospital.
- Doctora, mire...
- Uhmm... sí, ingrésela para AMEU.
- ¿Qué me va a hacer?
- ¿Qué? Aquí ya todo está hecho, mama.
- Mire, éste es un pedacito de carne.
En unas pinzas horribles, la doctora levanta algo ensangrentado. Algo que perfectamente pudo ser un torso, y aquello unos bracitos. Un niño llamado Tristán, que abrazaría a su madre y jugaría con su padre.
¿Y si esta noche
de recuerdos liberados,
como una ventana abierta
pudiese hallar en este
laberinto de historias
el norte y dirección?
A lo mejor consigo
estos años después, aquí
y de nuevo ante tu puerta,
llamar en nombre
del pasado y lo perdido
a lo que nunca apareció.
A lo mejor pudiera
veinte años después,
juntando más buenas razones.
Para que estar así
parado ante mi sombra
no me invitara a escapar
de ti y de mí, y del vértigo
de hablar contigo
en casi todas las sesiones,
sabrías de años de ir
recorriendo mil lugares
donde no te volví a hallar.
No importa cuántos ojos
he visto después de descubrir tus ojos claros,
si a mí tus ojos me enseñaron a ver.
No importa cuántas veces
tenga que venir a recordar bajo el manzano,
que no eres tú quien ha habitado
en esta casa, por más que insista en volver.
Por más que insista en volver.
La noche es larga
y en sus vuelos me conduce
a los linderos de lo extraño.
A esta casa sin puertas,
donde susurran las hojas
que otoño acarreó.
Que ahora practican los pasillos
cuando el viento araña inquieto en el tejado,
suben y bajan la escalera
tras los ecos de unos pasos que no son.
Sería el haber dejado
tantos elementos al designio
de la alquimia,
que el caminar por los espacios
de tu casa siento que
se acerca a ti.
Y vuelvo a ver abierta
esta casa sin puertas
a la verde trama hermínea
que insiste en tejer
con su manto enredadera
el patio en donde no te vi.
Sería el amor que nos sentimos
o el afán de irle poniendo mientras tantos.
Tu sonrisa es una fruta
que no se deja probar.
Un paisaje que dibujaré
otra vez en lienzo blanco,
con la tiza de la noche,
con la claridad lunar.
Y las formas se liberan
como páginas de un árbol.
Yo elaboro el equilibrio
con un ábaco interior,
que adivino en los planetas
y en los giros de los astros,
en la longitud del sueño,
y en la latitud del sol.
Tu sonrisa es esa ausencia
que atesoro para siempre.
Es una casa que ha rodeado
un bosque de oro en donde
nunca más estás.
Donde nunca más estás...
Donde nunca más estás.
Cuando uno finalmente decide avanzar entre todo el cristal roto que se acumula en el momento en que los sueños comienzan a morir, es inevitable herirse los pies en los primeros pasos. Las gotas de sangre ruedan como lágrimas por la piel todavía tierna. Las gotas de sangre colorean los vidrios de juventud, los vidrios que no han cesado de reflejar los cielos serenos que traerán tormentas.
No es lo mismo comenzar el camino despojado de heridas. No es lo mismo llevar todavía encima el caracol cristalino, moverse suavemente sobre lechos de estrellas. No es lo mismo ver hacia atrás y encontrar sólo un sendero solitario en medio del verdor.
La piel de mis pies ya no es tierna. Las heridas y su monumento a la oscilación primordial de romper y nacer persisten. Los vidrios se acumulan, cerros y cerros de vidrio en el corazón, como una extraña clepsidra marcando el paso del nacimiento y la muerte, que se confunden entre sí.
"-Ayer casi se produjo un drama aquí, con Laura, a causa de esa cantante. Intenté convencerla de que no se enamorase de mí asegurándole que era simplemente víctima del espejismo que rodea todo artista, que si llegase a conocerme de cerca se sentiría desilusionada. Ayer, pues, después del recital, estuvimos hablando durante tres cuartos de hora, y cuando le dije que no quería entablar una relación con ella (en otra época de mi vida quizás lo hubiese hecho, como un juego, pero ahora tengo otras cosas por las que vivir) se echó a llorar violentamente y se le corrió el rímel. Cuando hubo empapado su pañuelo, no tuve otro remedio que prestarle el mío. Después se le cayó el lápiz de labios, y yo lo recogí y lo limpié con otro de mis pañuelos. Después de los primeros accesos de llanto, se puso a maquillarse tranquilamente y se limpió el carmín que se le había corrido con las lágrimas. Cuando se hubo ido, tiré los pañuelos a la colada. La femme de chambre los recogió y dejó toda la colada fuera de mi habitación, mientras la limpiaba. Pasó Laura, vió los pañuelos y pensó inmediatamente que la había engañado. Hube de explicárselo todo; le dije que no le había hablado de aquella mujer porque no quería dar la impresión de jactarme constantemente de que las mujeres me persiguen.
A ella no le molestaba aquella aventura, pero deseaba saber la verdad. Sabía que él mentía, porque cuando una mujer llora se le corre el rímel pero no el carmín de labios, y además, todas las mujeres elegantes han aprendido la técnica de llorar sin causar efectos fatales en el maquillaje. Se llora lo suficiente como para llenar los ojos de lágrimas, pero no más. No debe haber desbordamiento. Las lágrimas quedan en el borde de los párpados; el rímel queda intacto y el dolor suficientemente expresado. Al cabo de unos momentos se puede repetir el proceso con destreza igual a la de un camarero que llena una copa de licor exactamente hasta el borde. Una lágrima de más podría provocar una catástrofe, pero las lágrimas incontrolables sólo se vierten en caso de amor verdadero.
.....
- Le dije a Laura: de verdad crees que si hubiera querido engañarte lo habría hecho de un modo tan descarado y estúpido, aquí mismo, en nuestra casa, donde tú podrías aparecer en cualquier momento?"
"Y cuando escribimos la vida de una mujer, podemos, es harto sabido, sustituir las exigencias de acción por el amor. El amor es, como dijo el poeta, la existencia toda de la mujer. Y si por un momento observamos a Orlando escribiendo ante su mesa, tendremos que admitir que jamás hubo mujer más digna de ese nombre. Seguramente, ya que es una mujer, y una mujer hermosa, una mujer en la plenitud de la vida, pronto dejará de lado sus pretensiones de escribir y de meditar y comenzará, al fin, a pensar en el guardabosques (y en tanto que piense en un hombre, nadie la criticará por pensar). Y luego le escribirá una notita (y en tanto escriba notitas, nadie la criticará por escribir), y le dará cita para el domingo a última hora de la tarde, y la última hora de la tarde del domingo llegará, y el guardabosques silbará bajo su ventana... todo lo que constituye, naturalmente, la auténtica materia de vida y el único material posible de ficción."
Estoy harta de esta racha de trabajos en los que jamás pagan, o en el mejor de los casos, jamás pagan a tiempo. Todos mis empleadores son el mismo tipo de persona: llegan, con sus automóviles de agencia, con sus ropas pulcras adquiridas en grandes centros comerciales o en tiendas exclusivas, con el vaso grande de foam de Espresso Americano y un desayuno de cien lempiras o más, sonrientes y rebosantes de salud, a decirme que no, que no pueden pagarme lo que me gané trabajando arduamente, que me espere, que fijo me arreglan eso hoy, que es gracioso como se olvidaron de esa persona que les hace un servicio pero que probablemente no come ni vive en una casa ni se enferma.
Obviamente yo tengo que ver qué diablos hago: entenderme con la casera, decidir a quién no le voy a pagar este mes, designar qué días y a qué horas no voy a comer, ver si ajusto los tres pesos del bus urbano o irme a pie. Todo eso, por supuesto, mientras camino de regreso a mi casa (lo siento, hoy sólo te quedan dos lempiras) con mis tenis rotos, con mi pantalón roto, con mi bolso reciclado.
Los idealistas de izquierda pregonan que tienen la cura para esta desigualdad. ¡Pero mucho de los izquierdistas que conozco jamás han tenido un trabajo de verdad! No los he visto enfrentar la vida de verdad, renunciar voluntariamente al patrimonio familiar, tomar plena responsabilidad de sus actos y gastos. Tomando eso en consideración, ¿en realidad puedo creer en su palabra? ¿Saben en realidad lo que necesitan los obreros (que ganan menos que yo y tienen que mantener cinco o más personas con ese sueldo)? Y eso hablando de ciertos jóvenes, que por su juventud pueden ser perdonados. Sin embargo, ¿qué hay de las cúpulas de políticos "socialistas"? ¿Se habrán ido al trabajo a pie algún día? ¿Habrán pasado hambre alguna vez?
Ninguno de ellos (ni los empleadores burgueses ni los políticos socialistas) sabe lo que he vivido yo ni lo que han vivido esas masas de personas que lo único que quieren es comprarle una mudada nueva de ropa al hijo menor o ir a una clínica donde no lo traten como animal de carga (precisamente lo que me pasó a mí cuando estuve en emergencias del Hospital Escuela).
Ya estoy harta del "socialismo". Ya estoy harta del capitalismo hijueputa que me destruye las alas cuando intenta adaptarme a su engranaje. Ya estoy harta de pasar hambre, de abrirle más hoyos a mis zapatos, de esconderme de la casera. De sentirme como una mendiga cada vez que pregunto en el trabajo "por el pago".
El mundo jamás fue capaz de albergarme dentro de sí, de darme un lugar. Por un tiempo me pregunté si quizás no era yo la culpable e intenté adecuarme. No obstante me dí cuenta que en este mundo no se puede confiar en nadie, a riesgo de que ellos, como enviados del mundo, te succionen la energía de vida.
Ahora en verdad estoy despierta: este mundo no tiene salvación.
"La abolición del velo femenino es un asunto delicado. No se producirá de un día para el otro. Todos tenemos miedo de lo que encontraremos tras ese velo."
-- Anaïs Nin, Hejda
La mujer como parte del engranaje social siempre ha provocado desconcierto. Desde el principio de los tiempos, los hombres y las mujeres con las cuotas de poder suficientes han tejido en torno a ella la amplia gama de atavíos que la han formado y deformado, transfigurándola, definiendo su destino con manos ajenas.
El atavío es una cuestión fundamental al momento de hablar de la participación no sólo de la mujer, si no de cualquier ser humano que se desenvuelva socialmente. Marshall McLuhan dice, "el medio es el mensaje," estableciendo que todo aquello que sirve para la transmisión de mensajes se vuelve una extensión del emisor, es decir, del ser humano. La comunicación del ser humano es un sistema complejo cuyo nivel superficial es la comunicación verbal; la mayor parte de nuestra comunicación se desarrolla a un nivel, por lo general, por debajo de la conciencia: gestos, muecas, movimientos, ademanes, y es aquí donde entra el atavío, que siendo parte del proceso de comunicación, se vuelve una extensión de la persona y de la personalidad.
Socialmente, el atavío tiene una relevancia a nivel conciente, particularmente por cuestiones comerciales. Sin embargo, si analizamos el atavío como un elemento de comunicación, y más allá de eso, como un signo lingüístico, como un símbolo, encontraremos un estudio interesante.
En tiempos antiguos, en culturas orientales, las mujeres utilizaban velos, entendiéndolo como un manto que las mujeres se ponen sobre la cabeza para cubrirse.
Nótese que la mujer portaba esta prenda con el propósito exclusivo de cubrirse. Es decir, en ese tiempo la posición particular de la mujer era de ocultar todo aquello que pensase o sintiese.
Ahora, los tiempos son distintos; ya no vemos los velos (por lo menos no en la cultura occidental). Las mujeres hablan, toman parte de la vida sociopolitica y economica de sus paises, se cubren o descubren segun ellas lo deseen (a su propio riesgo, por supuesto). Eso, sin embargo, no quiere decir que el velo ya no exista.
El velo no se lleva en la cabeza, se lleva por dentro.
Una mujer puede usar ropas costosas, vivir en una casa suntuosa, tener uno o varios automoviles, comprar muebles, ropa, comida, propiedades. Puede aparecer en television, ser fotografiada, tener puestos de importancia en una empresa. Puede parecer muy fuerte, muy ella misma, y a pesar de todo llevar un velo en su interior.
Una mujer puede abdicar su derecho, depender por completo, dejarse llevar en el poder de otros, renunciar a tomar decisiones. Puede dejarse marginar, envilecer, prostituir y moldear hasta el punto de no recordar quien era o quien fue en el principio.
Entonces nos encontramos con los espejos que no esperábamos...
De pronto, llegó la calma. Estaba en el ojo del huracán; contempló las nubes arremolinadas en torno suyo, vislumbró el poder destructivo del viento. Se miró. Miró los ojos heridos del hombrecito del sombrero gris, miró los despojos en su hogar, miró las rutas habituales de escape, las astillas que le quedaron en la piel al traspasar paredes. Sin ojos abiertos, percibió esa corriente en su interior que no dejaba de moverse, aquella corriente con tantos niveles, de tantos colores, que arrastraba extraños tesoros en su sedimento.
En realidad era tan mala? En realidad había causado ella sola todo esto? Nunca creyó que tuviera la potestad de mover los vientos de la desgracia a su alrededor, a pesar de que el transcurso de su existencia se anidaba ahí.
Sin embargo, lo que más la sorprendía era la capacidad de no sentir dolor. Todas esas cosas, que la afectaban profundamente, no le causaban dolor, aunque fueran indispensables para su vida. Como si estuviera en una especie de catalepsia de los sentidos, una suspensión inexplicable.
El hombrecito del sombrero gris le había dicho que la odiaba con toda su alma, que deseaba su muerte. Esto tenía que causarle un choque: después de todo, era el equivalente a un conejito felpudo el que le había dicho esto, un muchacho pasivo que nunca se había inclinado hacia el odio! Pero no sintió nada; las palabras golpearon su pecho sordamente y luego se deslizaron por todo su cuerpo hasta el piso, sin dejar si quiera una mancha.
"Perdónenme," dijo en silencio. "No quise hacerles daño. Es sólo-" continuó, mientras caminaba sola por la calle que se desperezaba lentamente para el día, "que no puedo sentir nada."
El azul de la madrugada se le metía en el cuerpo. Otra vez a dejar el sueño y regresar a la realidad.